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Bioética y política

27 ag.

Cada vez estoy más convencida que la auténtica política que sirve de verdad a las personas, que tolera peor las mediocridades y politiquerías y que es por tanto la que más justifica el derecho y el deber de implicarse y comprometerse, pasa por las políticas de salud. Un ejemplo de lo que digo lo he encontrado en la provocadora crítica que ha hecho Arthur L Caplan, “Los fines adecuados sí justifican los medios”, al libro que acaba de publicar George J Annas en la Oxford University Press con el título: Worst Case Bioethics: Death, Disaster, and Public Health.

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Durante los juicios de Nüremberg, que tuvieron lugar al finalizar la Segunda Guerra Mundial, los abogados de los acusados alemanes (políticos acusados de crímenes contra la humanidad y médicos acusados de eutanasia y experimentos médicos bárbaros) alegaron la “kriegsraison” para exculpar a sus clientes. El argumento de la defensa fue que en condiciones de guerra total, las partes contendientes pueden y deben hacer lo que sea para ganar. Los tribunales de Nüremberg rechazaron sumariamente la “kriegsraison” como defensa.

Transcurridos más de 60 años George Annas, un distinguido profesor de derecho, bioética y salud pública, analiza una defensa similar de la tortura, el espionaje, y la violación de los derechos constitucionales de América. La necesidad de ganar la “guerra contra el terrorismo” ha sido el argumento clave de los miembros de la administración Bush-Cheney, con el que han pisoteado los derechos civiles y humanos amparándose en la sombra del 9/11. Annas argumenta de forma persuasiva en el libro que acaba de publicar, “Worst Case Bioethics”, que basar la política en la posibilidad de una pesadilla extrema conduce a la distorsión de los principios éticos fundamentales y de las protecciones legales.

Ya sea peleando contra enemigos declarados en la guerra, el terrorismo, o los cárteles de la droga, o sea en la lucha contra amenazas como pandemias o el cáncer, los gobiernos y sus líderes no pueden dejar que el miedo y la paranoia determinen el tono moral. Annas ofrece dos defensas de su afirmación de que “ponerse en lo peor” ha distorsionado la ética militar, clínica y la salud pública. La primera línea de defensa consiste en que los derechos humanos fundamentales no pueden verse comprometidos por el temor a posibles escenarios de destrucción y muerte. Y la segunda es que la evitación de la muerte, y la correspondiente necesidad de salvar vidas, no justifica en ningún caso lanzar nuestra brújula moral por la ventana.

Personalmente creo que estos argumentos son persuasivos, pero sólo hasta cierto punto. Es absolutamente cierto que la preocupación de los EE.UU. por la seguridad nacional ha presionado a médicos y psicólogos estadounidenses a participar en torturas y malos tratos en interrogatorios de prisioneros, y ha obligado a prácticas de alimentación forzosa a personas encarceladas, violando las normas éticas fundamentales de estas profesiones. La guerra, como los jueces de Nüremberg concluyeron muy acertadamente, no significa que se pueda prescindir de las apuestas éticas.

Annas condena acertadamente los argumentos que se esgrimen actualmente para justificar una desdeñosa indiferencia hacia los valores y derechos fundamentales. Sin embargo, a pesar de las interminables discusiones que se han venido sucediendo desde el 9/11, todavía no existe, por ejemplo, un conjunto articulado de algoritmos morales para guiar la práctica médica en el ejército. Lo que se pide para controlar la salud de los presos sometidos a severos interrogatorios no está a la par de las solicitudes de fármacos o terapias que pueden ayudar a los soldados o a las víctimas de las atrocidades padecidas durante la guerra para reprimir los recuerdos de experiencias traumáticas.

Capítulo tras capítulo, Annas reivindica la necesidad de reflexión moral en circunstancias extremas, pero no ofrece al lector un algoritmo para analizar qué fines justifican qué medios médicos o científicos, si los fines no son ni fantásticos ni patrioteros.

Del mismo modo, Annas tiene toda la razón en que la medicina de los EE.UU. ha superado todos los límites en el uso de recursos para prolongar la vida cueste lo que cueste. La prevención de la muerte a cualquier precio –como sabe cualquier persona que siguió por la prensa el caso de Terri Schiavo— se ha convertido en un lema político para distinguir el cuidado de la crueldad. Quienes gestionan el sistema de atención de casos agudos en los EE.UU. se sirven de la muerte para acallar el debate sobre la realidad de lo que realmente sucede. Y lo están consiguiendo a pesar del gasto real que supone de enormes sumas de dinero en personas mayores en los últimos meses de su vida… Y esto es moralmente obsceno en una nación que no ha vacunado a sus hijos, que no brinda ayuda a las mujeres que acaban de tener bebés, que carece de un sistema funcional de atención a quienes padecen enfermedades crónicas, que ofrece un acceso deficiente a la atención dental en la infancia, y que tiene un sistema de atención de salud mental que se basa tanto en las cárceles como en las clínicas.

Así que si la muerte se utiliza como el argumento decisivo en la mayoría de los debates sobre bioética en los EE.UU., ¿cuál debe ser el contrapeso? Creo que la respuesta a esa pregunta es buscar un mayor consenso en los EE.UU. y en otros lugares del mundo sobre el objetivo de las intervenciones médicas y de salud pública. La bioética necesita, para poder actuar, una filosofía de la medicina.

El objetivo de la atención médica no es simplemente evitar la muerte, sino más bien ampliar y preservar la vida de manera que quien recibe los cuidados pueda ser consciente de los mismos, disfrutar la experiencia y aprovechar al máximo la posibilidad de que eso ocurra durante el mayor período de tiempo posible. Eso significa que la calidad de vida debe sopesarse junto con la preservación de la vida por parte de quienes son responsables de los servicios de salud y de las políticas de salud.

(…)

Ver en The Lancet

 
1 comentari

Publicat per a 27 Agost 2010 in Salut

 

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One response to “Bioética y política

  1. Toni Barbarà

    28 Agost 2010 at 12:13

    Aquest post de la companya, mestra i amiga Àngels obre un terreny tant apassionat com compromès. Gràcies Àngels per estimular el debat, per obrir vies de raonament, per animar-nos a pensar…!! I a escriure un mica, cosa que faig a la nostra pàgina de Dempeus per una desitjable amplificació de la proposta. Salut !! Toni

     

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