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Del Consenso de Bruselas a la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión

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El experimento empezó de hecho por América Latina, con la imposición de un durísimo programa neoliberal en los años 90. Se promovió en Washington en un acuerdo de republicanos y demócratas con las Instituciones financieras y económicas internacionales (FMI, Banco Mundial), y lo bautizó el economista británico John Williamson en 1989. Se trataba de no conceder créditos sin que los gobiernos aplastados por la Deuda aceptaran una serie de medidas de estabilización y ajuste, y la lucha contra el déficit público con reducción del gasto, limitar la progresividad impositiva, privatizar empresas públicas, “liberalizar” el comercio y abrirse a los mercados internacionales de capital eliminando trabas a la inversión extranjera. Para ello se recomendaba también desregular las condiciones y derechos de los asalariados y asalariadas.

Desde entonces, las sucesivas legislaciones y acuerdos internacionales no han hecho más que profundizar en las líneas maestras del Consenso de Washington: disciplina fiscal con redistribución regresiva (los impuestos progresivos pasan al desván) y adelgazamiento del Estado hasta su práctica inanición en capacidad de mantener los servicios públicos: se abre la gran época de las desigualdades con olvido del bien común y la equidad mientras la pobreza afecta de manera especialmente cruel a mujeres y niños.

A pesar de que el Consenso de Washington tuvo unos efectos desoladores donde se aplicó, en América Latina, y en especial en México, Argentina o Uruguay, reapareció en Bruselas y se impuso con mayor dureza a los países de la U.E. más hundidos en esa crisis-estafa: Grecia, Irlanda, Portugal y España, pero no sólo. Las líneas maestras del Consenso de Bruselas se revisten (o disfrazan) de “disciplina” macroeconómica sin entrar en la corrupción desestabilizadora que asola a la mayoría de estos países, aplicando por tanto de modo sesgado (y muy complaciente para las mafias) el control del gasto. El austericido que significan genera injusticia social, precariedad, marginación, pobreza, enfermedad, violencia de género y aumento del número de suicidios…

En la sombra, el camino hacia el abismo abierto por los Consensos de Washington y Bruselas se quiere concretar en la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP en sus siglas inglesas) para eliminar los aranceles que limitan el comercio de productos agrícolas e industriales, quitar las trabas residuales a las inversiones extranjeras, en especial en los sectores de servicios y contratación pública, y homogeneizar finalmente “los estándares, normas y requisitos para comercializar bienes y servicios a los dos lados del Atlántico”. Se trata en definitiva de crear un gran espacio económico sin barreras a las grandes multinacionales ni a los fondos de inversión, buitres o no (o más o menos), que hagan realidad para Europa y Estados Unidos los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio y la Unión Europea sobre liberalización de servicios. O sea, más privatización de los servicios públicos, que pueden ser muy rentables para el sector privado, en los países de la UE.

Pero con la TTIP el neoliberalismo destroza definitivamente los derechos laborales, entra en las políticas agrícolas y coloniza la alimentación, y no respeta para nada la cultura de cada comunidad o país ni la naturaleza, ni los derechos de propiedad intelectual, ni la contratación ni la sanidad públicas. Y con nuevas desregulaciones del sector financiero, otro de sus grandes objetivos es que las empresas privadas tengan un acceso ilimitado a todos los sectores de la economía, especialmente los de la sanidad.

Como informa la FADSP, el acuerdo se está negociando con total ausencia de información a la opinión pública, sin contar con las organizaciones de la sociedad civil mientras los grandes grupos empresariales, las multinacionales y los lobbies de presión han tenido la oportunidad de participar e influir en las propuestas, y puede tener efectos nefastos para la sanidad pública. Para ello persiguen la llamada “cooperación reguladora”, que permitiría su participación directa en los procesos de redacción de normativas y legislación… Algo así como conseguir que los grandes lobbies ocupen de hecho (y de forma ya descarada y constitucional) el papel de los legisladores elegidos en las urnas.

Por ello es especialmente importante saber que también nuestro voto en las próximas elecciones europeas puede contribuir a ponernos más los grilletes del Consenso de Bruselas y la TTIP o puede reforzar la tendencia contraria. Dar el voto a socialdemócratas, conservadores o los llamados “liberales” (los partidos del bipartidismo) refuerza el Consenso de Washington y, digan lo que digan, nuestros derechos, puestos de trabajo dignos y cultura propia. Y solamente el voto vinculado con la propuesta de Alexis Tsipras para Presidente de la Comisión Europea supone cuestionar seriamente el Consenso de Bruselas… y la amenaza cada vez más concreta y siniestra de la TTIP.

Para saber más del Consenso de Bruselas y las elecciones europeas, leer a G.Búster en SinPermiso, y sobre los efectos para la sanidad pública de la TTIP, aquí.

 
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Publicat per a 14 Mai 2014 in Europa

 

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Henry C.K.Liu: Las causas de fondo de las recurrentes crisis financieras globales

Sigo en el intento de recoger trabajos significativos sobre la crisis desde una óptica no convencional. Hoy me ha parecido extremadamente interesante este artículo visto en Sin permiso de Henry C.K. Liu, analista económico y político que escribe regularmente en Asia Times, en la medida que incluye en su análisis, de manera decisiva, las normas establecidas por el Consenso de Washington, cuyas repercusiones en esta crisis no reciben todo el protagonismo que quizá debieran.

Liu es consejero del Roosevelt Institute norteamericano, y forma parte del equipo rector de la revista New Deal 2.0.

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Graves crisis financieras globales se han venido sucediendo década tras década: el desplome de 1987, la crisis financiera asiática de 1997 y la crisis crediticia de 2007. Esa recurrente pauta ha sido generada por la total desregulación financiera a escala planetaria. Pero las causas de fondo han sido la hegemonía del dólar y el Consenso de Washington.

El caso de Grecia

Siguiendo un malhadado asesoramiento neoliberal y fundamentalista de mercado, Grecia abandonó su moneda nacional, la dracma, a favor del euro en 2002. Este paso, críticamente cargada de consecuencias, permitió al gobierno griego beneficiarse de la fortaleza del euro –no derivada, huelga decirlo, de la fortaleza de la economía griega, sino de la fortaleza de las economías más fuertes de la eurozona— para contratar préstamos a tasas de interés más bajas, respaldadas con el colateral de activos griegos denominados en euros. Con nuevo crédito disponible, Grecia se emborrachó con el gasto financiado por la deuda, con proyectos de elevado perfil, como las Olimpíadas de Atenas 2004, que dejaron a la nación griega con una enorme deuda soberana no denominada en su moneda nacional. Estos empréstitos públicos en tiempos de auge significaban una manifiesta distorsión de las políticas económicas keynesianas de financiación del déficit, consistentes en enfrentarse a las recesiones cíclicas respaldándose en los excedentes acumulados en los ciclos de auge. Lo que hizo Grecia, al revés, fue acumular masivamente deuda mientras se hinchaba su burbuja económica inducida por la deuda.

La trampa del euro

Al adoptar el euro, una moneda gestionada por la política monetaria del super-nacional Banco Central Europeo (BCE), Grecia abdicó voluntariamente de su soberanía en materia de política monetaria nacional, y eso en la confianza, falsamente confortable, de que una política monetaria super-nacional diseñada para las economías más robustas de la eurozona funcionaría también para una Grecia endeudada hasta las cejas. Como Estado miembro de la eurozona, Grecia puede ingresar y tomar prestados euros sin verse afectada por tasas de cambio, pero no puede emitir euros aun a costa de inflación. La incapacidad de emitir euros expone a Grecia al riesgo de quiebra de la deuda soberana en caso de déficit fiscal prolongado, y la deja sin las opciones abiertas a una solución monetaria nacional independiente, como la devaluación de la moneda nacional.

A despecho de la verborrea sobre el euro como incipiente alternativa al dólar como moneda de reserva, el euro no es en realidad sino otra moneda derivada del dólar. A pesar de que el PIB de la Unión Europea es mayor que el de los EEUU, el dólar sigue dominando los mercados financieros en todo el mundo como moneda de referencia a causa de la hegemonía política del dólar, que exige la denominación en dólares de todas las mercancías básicas. El petróleo puede comprarse con euros, pero aprecios sujetos al valor de cambio del euro en relación con el dólar. Ocurre, simplemente, que la Unión Europea, no posee el poder geopolítico que los EEUU vienen teniendo desde el final de la II Guerra Mundial.

La hegemonía del dólar y el Consenso de Washington

El crecimiento económico bajo la hegemonía política del dólar exige que las naciones que participan en los mercados sigan las reglas del Consenso de Washington, un término acuñado en 1990 por un economista del Institute of International Economics, John Williamson, para resumir la sincronizada ideología de los economistas del establishment radicados en Washington, una ideología que reverberó a escala planetaria durante un cuarto de siglo como evangelio de las reformas económicas indispensables para el crecimiento en una economía de mercado globalizada. Esa ideología ha metido a buena parte del globo en crisis financieras recurrentes.

Inicialmente aplicado a América Latina, y finalmente a todas las economías en vías de desarrollo, el Consenso de Washington ha terminado por ser sinónimo de la doctrina del neoliberalismo globalizado o fundamentalismo de mercado y a describir, en un angosto marco de limitaciones ideológicas, un conjunto de prescripciones políticas universales fundadas en principios de libre mercado y disciplina monetaria. Promueve para todas las economías control macroeconómico, apertura comercial, medidas microeconómicas favorables al mercado, privatización y desregulación en beneficio de una fe ideológicamente dogmática en la capacidad del mercado para resolver más eficientemente cualesquiera problemas socio-económicos. Con el obscurantismo dogmático va también la resuelta negativa a admitir la obvia contradicción entre la pretendida eficiencia teórica del mercado y la empírica incapacidad para erradicar la pobreza o las crecientes desigualdades de ingresos y riqueza.

Vuelve la pugna entre el capital y los salarios

El crecimiento del capital financiero ha de lograrse a expensas del crecimiento del capital humano. El equilibrio monetario sin perturbaciones inflacionarias ha de lograrse manteniendo los salarios bajos a través del desempleo estructural. Las bolsas de pobreza en la periferia se consideran en el precio necesario para la prosperidad del centro. Dogmas de ese jaez confieren al desempleo y a la pobreza, verdadera catástrofe económica, una inmerecida aura de respetabilidad conceptual. La intervención del Estado ha sido traída a colación sobre todo para reducir el poder de los trabajadores en el mercado a favor del capital y favorecer mecanismos de mercado descaradamente predatorios.

El conjunto de reformas prescritas por el Consenso de Washington se compone de 10 directrices: 1) disciplina fiscal; 2) reorientación del gasto público hacia áreas que ofrezcan rendimientos económicos elevados; 3) reformas fiscales para bajar los tipos marginales y ensanchar la base fiscal; 4) liberalización de los tipos de interés; 5) tasas de cambio competitivas; 6) liberalización del comercio; 7) liberalización de la inversión exterior directa (IED); 8) privatización 9) desregulación; y 10) afianzamiento de los derechos de propiedad privada.

Los Estados abdican de sus responsabilidades

Esas directrices vienen a sumarse por doquiera a una reducción generalizada del papel central del Estado en la economía, de su primaria obligación de proteger a los débiles frente a los fuertes, de fuera y de dentro. El desempleo y la pobreza son entonces vistos como fenómenos temporales, morralla transitoriamente caída en el proceso de selección natural de los mercados, efectos inevitables de una evolución económica que, a largo plazo, generará una economía más robusta.

Los economistas neoliberales arguyen que el desempleo y la pobreza, plagas económicas letales en el corto plazo, pueden traer consigo beneficios macroeconómicos en el plazo largo. Hay gente para todo: también algunos historiadores arguyen perversamente que la Peste Negra (1348) tuvo consecuencias beneficiosas a largo plazo para la sociedad europea.

La resultante escasez de fuerza de trabajo empujó, a corto plazo, al alza los salarios a mediados del siglo XIV, y el súbito incremento de la mortalidad trajo consigo una sobreabundancia de bienes, lo que hizo que se desplomaran los precios. Esas dos tendencias provocaron causalmente un incremento del nivel de vida de los supervivientes. Sin embargo, la escasez de mano de obra causada por la Peste Negra forzó a los terratenientes a frenar el proceso de liberación de los siervos y a extraer más trabajo de ellos. En reacción a eso, los campesinos se sirvieron en muchos frentes de su acrecido poder de mercado para exigir un tratamiento más equitativo o para aligerar las cargas soportadas. Frustrados, los gremios se rebelaron en las ciudades y los campesinos se rebelaron en el campo. La Jacquerie francesa de 1358, la Revuelta Campesina en la Inglaterra de 1381, la Rebelión Catalana de 1395, así como muchas revueltas en Alemania, muestran hasta qué punto llegó la mortalidad a quebrantar las relaciones económicas y sociales tradicionales.

El neoliberalismo ha generado en el último cuarto de siglo una situación que se traduce en violentas protestas políticas en todo el globo, siendo la forma más extremista de las mismas el terrorismo. Pero al menos la plaga bubónica fue desencadenada por la naturaleza, no por una idea fija ideológica humana. Y el neoliberalismo mantiene a los trabajadores en el desempleo, pero vivos, con ayudas de subsistencia, al tiempo que conserva una perpetua reserva de trabajo excedente para evitar que los salarios suban a causa de escasez de fuerza de trabajo, lo que monta tanto como eliminar hasta los crueles beneficios a largo plazo de la Peste Negra.

Encogimiento del Estado

El Consenso de Washington ha venido siendo caracterizado como un “encogimiento del Estado” (Informe anual de la las Naciones Unidas, 1998) y un “nuevo imperialismo” (M Shahid Alam, “Does Sovereignty Matter for Economic Growth?”, 1999). Pero el daño real provocado por ese Consenso dista aún por mucho de ser comúnmente reconocido: en lo que realmente consiste es en un conjunto de prescripciones para generar Estados fracasados entre las economías en vías de desarrollo que participan en los mercados financieros globalizados. Incluso en las economías desarrolladas, el neoliberalismo genera un síndrome, tan peligroso como generalmente inadvertido, de Estado fallido. [1]

NOTA: [1] Véase mi artículo del 3 de febrero de 2005: World Order, Failed States and Terrorism, señaladamente la primera parte (de 10): The Failed State Cancer. El presente artículo resume un trabajo extenso publicado en Asia Times.

Traducción para http://www.sinpermiso.info: Casiopea Altisench

 
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Publicat per a 24 Mai 2010 in Economia crítica

 

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