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Gregorio Morán sobre Jordi Pujol: La insolencia del Padrino

La insolencia del Padrino, de Gregorio Morán en La Vanguardia, visto en Caffe Reggio el 4 octubre, 2014

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

Casi todos se lo deben todo, porque, como muy bien expresó su señora, la Generalitat era su casa

Algún día alguien convertirá en un gran guión cinematográfico la comparecencia del exhonorable Jordi Pujol en el Parlamento. Primero un largo travelling en el coche oficial que le lleva; cara adusta y un desprecio que le sale por los poros. ¡Qué se habrán creído estos payos! Y ahí la superposición de imágenes de su poder omnímodo, de sus intervenciones parlamentarias sin réplica posible, de su humillación permanente a los plumillas sobre cuándo toca y cuándo no toca, y sobre todo la escena espectacular del balcón de la Generalitat, aquella tarde de mayo de 1985, cuando exonerado de una de las estafas más escandalosas de la historia bancaria de Catalunya, dijo con voz solemne, un tanto agrillada por la emoción: “A partir de ahora seremos nosotros los que hablemos de moral y de ética”. Y las masas embebidas ante el líder, como si se tratara de un documental de Leni Reifenstahl.

De ahí la secuencia empalma con la entrada en el Parlament donde sumisamente, como corresponde a un Padrino que va a encontrarse con un subalterno, la presidenta Núria de Gispert recibe al expresident en el umbral y le conduce a las salas altas. Le ha invitado a comer. No creo que haya precedentes en la historia parlamentaria de Europa que un político delincuente haya tenido el privilegio de compartir mesa y mantel con quien va a dirigir el debate. (A partir de ahora, cada vez que me cite un juez le pediré respetuosamente a su Señoría que tenga el detalle de invitarme a desayunar; al fin y al cabo yo siempre he pagado más impuestos que el exhonorable, y la justicia se sostiene de eso). ¡Qué gentil es la clase política catalana y qué encantadores son sus comentaristas!

El filme continúa. La intervención emotiva de por qué un buen hombre se ve obligado a estafar por el bien de sus herederos, y a su vez enseña a su hijo cómo en los tiempos oscuros es mejor robar a que te roben; una enseñanza que marcará el destino de este hombre providencial. Una pequeña herencia, entonces suculenta, testimonio más falso que un duro sevillano. Luego la pantalla va desgranando las intimidadas declaraciones, reflejando el respeto que les merece el Padrino, que apenas los mira. Casi todos se lo deben todo, porque, como muy bien expresó su señora, modelo de mujer y esposa, al decir de las masas, una Evita Perón con floristería: la Generalitat era su casa. Y la voz un tanto quebrada de los líderes de la oposición -eché a faltar la zapatilla del líder de la CUP que exhibió ante Rato, que en este caso yo hubiera sugerido una Chiruca de las de antes, pero le dijo algo conmovedor: le negaba un asiento en el inminente viaje a Ítaca-. Estupefacto debió quedar el exhonorable.

Y entonces llegó el gran momento de este actor de provincias, que no pronuncia bien pero que como la gente le tiene muy visto y muy oído, puede reconstruir las frases sin demasiado esfuerzo. Le salió bordada la insolencia al Padrino. “Yo no soy un corrupto”. Incluso salió Felipe González de avalista, ¡con el pedigrí que le garantiza! La casta se protege y los padrinos más; aunque la zona de tu influencia no sea la misma, compartes pasados y trampas y hasta cosas más gordas que la autocensura evita que se escriban. Bastaría con ese momento de la entrevista de Mónica Terribas a Artur Mas: “¿Está usted limpio, president?”. No hacía falta un detector de mentiras ante lo inseguro de la respuesta.

Pero sigamos con el filme. El Padrino de Catalunya, antiguo presidente, expresa una idea genial, un retrato de su personalidad: “Yo me he desnudado”. A inventarse una historia para tontos creyentes sobre una supuesta herencia antes de que le cayera la Hacienda, y la Policía, y los Tribunales; al taparrabos de sus vergüenzas lo llama “desnudarse”. Es toda una concepción del mundo. Fue entonces cuando pensé por primera vez que no estábamos ante el redentor de unas clases sociales complacientes con la Dictadura que él había redimido gracias a un panfleto que redactó pero que no tiró en el Palau, y por el que pasaría cárcel, en la que tuvo la fortuna de poder solicitar que fuera Zaragoza, cerca de casa, modesto privilegio que miles de antifranquistas no soñaron. En el texto se denunciaba al Caudillo de corruptor de la sociedad catalana, la lucha por la libertad aún no estaba del todo presente y menos en el Palau. Digo, que cuando escuché la insolencia del exhonorable President, pensé por primera vez en la posibilidad de que más que un redentor se tratara de un impostor. Aquí termina el filme y empieza la historia.

Cuando dio por terminada la sesión, que él mismo programó en día y hora, se evidenció que no tenía ganas de seguir representando aquella pantomima. Un Padrino no se somete a sus empleados políticos. Son subalternos y de eso se encargó ese tipo de aspecto definitorio que es Jordi Turull, un sacristán untuoso y servil como un personaje de Goldoni, que ayudó a la misa del Padrino, desdeñoso con aquella feligresía. Ni siquiera agotó el turno que le quedaba. No merecía la pena ni gastar saliva.

¿Y si Jordi Pujol Soley siempre hubiera sido un impostor? El hombre que salió de la cárcel para crear un Banco, no un Partido; cosa insólita en la historia de la humanidad. Un banco que quebró y fraudulentamente, y que gracias al respaldo de una parte de la sociedad catalana, logró envolverse en el patriotismo y la bandera para evitar la humillación de asumir una estafa de la que él salió beneficiado no sólo políticamente sino económicamente.

Dónde fueron a parar todas aquellas boberías sobre Mounier y Charles Péguy, a los que probablemente ni leyó ni le interesaron nunca un carajo. A mí llegó a decirme que lo último que había leído en su vida era a Mounier. Lo dudo. Liquidó todo lo que podía tener de integrador la Enciclopedia Catalana, llevó a Ediciones 62 al colapso, creó un periódico, El Observador, que merecería un estudio sobre la instrumentalización política a costa del erario. Consiguió el control de los medios de comunicación en Catalunya, absolutamente.

Todo lo que tocó en la cultura fue para domesticarla y luego comérsela. ¿A qué periodista, escritor, personaje de la cultura no invitó a charlar con el señuelo de haber escrito un artículo brillante, un libro agudo o una reflexión interesante? La vanidad profesional quedaba colmada porque uno encontraba su libro o su artículo encima de la mesa del exhonorable, convenientemente subrayado, a partir de lo cual se desarrollaba la más surrealista de las conversaciones: un monólogo del Padrino. No era sólo un manipulador sino un comprador de conciencias. ¿Qué político del PSUC o de lo que fuera, y que aceptara someterse, no conseguía un buen cargo como historiador o editor o comentarista? Vasallaje y discreción. Lo único importante era la Familia, como los Padrinos. ¿Qué puede hacer un hombre sin familia? Y en verdad que él alimentó de modo suculento a la suya. No fue un político corrupto, fue el jefe de los políticos corruptos.

En octubre de 1999, a punto de la última victoria casi pírrica del president Pujol que cerraría los 23 años de poder absoluto, el hombre que había logrado reintroducir el miedo en la sociedad catalana y en sus medios de comunicación, escribí un artículo que las circunstancias no consintieron su publicación. Ahí iban unos párrafos que ahora, con el derecho que me otorga el tiempo y la razón, convendría repetir: “La doblez pujoliana es uno de los hallazgos de la historia contemporánea de este país. Ha conseguido hacer de la doblez una moral. Entre el personaje real y el que la gente se quiere creer hay tal diferencia que el resultado es un producto genuino: él es él y su doblez”.

“Y esta doblez pujoliana, que es el privilegio mejor guardado del Olimpo, ha cimentado el denominado oasis catalán. En casi veinte años se ha creado un sindicato de intereses del tal envergadura, que al final se impone como moral social la propia doblez pujoliana: no somos como somos sino como creemos que somos”. El artículo, ¡ay!, se titulaba “Las trampas del redentor”.

 

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Por la sanidad pública y universal #Obrimplantesillits

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Cuenta Jessica Mouzo Quintáns que un nuevo alarido en defensa de la sanidad pública retumbó en la mañana de ayer entre los muros de varios hospitales catalanes. Centenares de trabajadores y pacientes secundaron con concentraciones y paros a las puertas de los centros sanitarios una retahíla de demandas para resarcir la empobrecida situación de la sanidad pública. El cierre de camas y las largas listas de espera a consecuencia de la política de recortes que ha aplicado el Departamento de Salud desde 2011 centraron las denuncias de los afectados.

Auspiciados por las plataformas en defensa de la sanidad pública, entidades sociales y asociaciones de vecinos, cuatro hospitales catalanes capitanearon la jornada de protestas. Usuarios y empleados del hospital Arnau de Vilanova de Lleida, del Verge de la Cinta de Tortosa (Tarragona), del Hospital de Mataró y del Vall d’Hebron de Barcelona coparon las respectivas entradas de sus centros sanitarios y exigieron la reapertura de las plantas cerradas de los hospitales. Además, una quincena de personas ocuparon la quinta planta de traumatología del Vall d’Hebron, cerrada desde hace dos años. “Se trata de una acción simbólica y silenciosa porque estamos dentro de un hospital y no queremos molestar a los pacientes”, explicó Josep Martí, ex director médico asistencial del centro y activista de las plataformas en defensa de la sanidad pública.

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También en el hospital de Bellvitge se encerraron por la tarde una veintena de personas. El área de infecciosos, en la planta 12, fue tomada por los trabajadores y de acuerdo con la veintena de pacientes ingresados, para evitar el cierre de las 24 camas que el hospital tenía previsto clausurar hasta el final del verano. “En Bellvitge hay plantas cerradas y derivamos a los pacientes a hospitales como el Moisès Broggi de Sant Joan Despí o a centros 100% privados, que es el objetivo final de la Generalitat”, apuntó Manuel de los Riscos, delegado sindical de CGT en el hospital.

Los trabajadores del hospital Doctor Josep Trueta de Girona y del Hospital Germans Trias i Pujol (Can Ruti) de Badalona participaron en la jornada de protestas empapelando sus respectivos centros sanitarios con octavillas y carteles que denuncian los recortes en la sanidad catalana.

Las plataformas y entidades en defensa de la sanidad pública denunciaron que el presupuesto de Salud ha pasado de 9.874 millones de euros en 2010 a 8.289 millones en 2013, un 16% menos. Este recorte, explicaron los convocantes de las protestas, ha provocado “un aumento del 60% en las listas de espera quirúrgicas de los 14 procedimientos en garantía” y más precariedad laboral en el sistema sanitario. “Abriendo las camas cerradas en Bellvitge, Can Ruti y Vall d’Hebron, que son 500, con una estancia media de siete días, y cerrándolas en agosto, se podrían ingresar 23.500 pacientes más al año”, ha apostillado Martí. Según los convocantes de las protestas, en tres años, el Clínic ha cerrado 74 camas; Bellitge, 260; Vall d’Hebron, 130; Can Ruti, 115; y el Sant Pau, 106.

Las plataformas en defensa de la salud pública aprovecharon para denunciar también que, mientras a los hospitales públicos se les recortan los presupuestos en los últimos tres años “entre un 10% y un 15%”, los centros privados con afán de lucro “como el IDC/CAPIO, del que forman parte el General de Catalunya, el Sagrat Cor y la Clínica de Sabadell, se les ha aumentado el concierto de 71,1 millones a 127 millones, es decir, un aumento del 78,6%”.

Visto en El Pais

 
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Publicat per a 21 Juny 2014 in Salut, Serveis Públics

 

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